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Archivo de la categoría: Textos en Prosa

Frente al espejo

Dedicado a Mary, mi hermana, y a “Teresita”
entre las que me fui haciendo mayor entre mimos y cariño.
Seguro que sin su presencia todo habría sido mucho más aburrido

Frente al espejo 

Recuerdo aquellas tardes en las que, junto a mi hermana y una amiga, empezamos a descubrir el mundo de las emociones. Ellas son un poco mayores que yo, así que siempre me aproveché de su incipiente sabiduría.

Recuerdo aquellas tardes mágicas.

Eran tardes de calor de verano en Madrid, de ese Madrid en el que, entonces, la hora de la siesta era sagrada y la casa entera dormía hasta las 5 de la tarde, hora en que del 4º izquierda exterior la voz, a puro de grito, de un conocido locutor nos despertaba a todos. Bueno, no a todos, nosotras tres entonces salíamos disparadas del baño, lugar habitual para nuestras conversaciones.

Aquel minúsculo cuarto de baño ha sido, sin duda, la habitación más concurrida de la casa. Era como el camarote de los hermanos Marx. No entiendo qué atractivo tenía aquel lugar, pero siempre acabábamos ahí. Seguramente por estar bastante separado del resto de las habitaciones y, sobre todo, porque en aquel tiempo uno de los entretenimientos principales de esas tres jovencitas que éramos entonces, era elegir un peinado, probar barras de labios, sombras de ojos, mientras mi hermana y su amiga se contaban algún secreto que, inevitablemente, tenía que ver con chicos.

Resultaban tan emocionantes aquellos preparativos de una tarde de sábado en la que una de las dos “había quedado”…

Todo comenzaba en el pequeño baño, allí llevábamos nuestros tesoros. Una sentada en la taza, casi siempre yo, y la protagonista del día sentada en aquel taburete pintado de blanco en el que, pacientemente, se dejaba hacer pruebas de peinados, uno tras otro, para luego comprobar el resultado en el espejo. Normalmente también llevábamos allí la ropa y así, una vez acabada la operación, la “reina del día” salía totalmente arreglada para la ocasión. Tengo que reconocer que muchas veces mi madre se nos unía. Mi madre siempre ha sido muy hábil con el peine y las tijeras. Su especialidad eran los moños, así que ahí íbamos nosotras la mar de colocadas con aquel moño que ella había visto en alguna revista de cine de la época.

El sábado pasado, como tantos otros, he estado en aquella casa, en aquel antiguo baño. Todavía hay en él muchas de las cosas que había, aunque ha sufrido algún pequeño cambio. Así, eché de menos aquel tirador de cisterna de plástico blanco, que en su día cambiamos por aquello de la modernidad. Recordé como, al descubrir que se abría, guardamos un pequeño trozo de papel en el que un chico del barrio había escrito una notita y allí debió permanecer, como un tesoro escondido, durante meses. Las altas ventanas, el espacio reducido, la misma banqueta, casi todo estaba allí pero nada era lo mismo.

Me di cuenta de la extraordinaria capacidad que tenemos los humanos para cambiar la realidad y ver en ella aquello que queremos ver. O quizá, por el contrario, vemos lo que de verdad “es”, lo que de verdad importa y todo lo demás, el continente, lo dejamos a un lado cuando todavía somos puros, frescos, como aún éramos. Entonces nos importaba sólo el significado de aquellas tardes, de aquellos momentos en los que lo que había, y había hasta rebosar, eran nuestros sentimientos, nuestras emociones, esas ganas de vivir en cada minuto llenándolo todo de una atmósfera de especial cercanía que ha permanecido a lo largo de los años. Éramos lo que se suele llamar “amigas”, pero creo que éramos mucho más que eso, éramos tres personas que juntas empezábamos a descubrir el mundo y a comprobar que la amistad es mucho más que hablarse o verse a menudo.

Y allí, frente al espejo, con el pelo recogido como entonces, me pinté los labios, los ojos. Probé a soltarme el pelo, me hice un pequeño moño, jugué con los diferentes coloretes que aún encontré por los cajones, sonreí y volví a sentirme aquella niña despertando a la vida.

Abril, 2008

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Publicado por en 31 mayo, 2008 en Textos en Prosa

 

¡Una de calamares! (Publicado en Alenarterevista)

“Y encontré una sucursal del Banco Hispano Americano”… Si se pudiera, cantaría aquí esta estrofa del famoso vals de Joaquín Sabina.

Por suerte o por desgracia, creo que más bien lo primero, he nacido en Madrid. Es más, he nacido en el centro centro de Madrid. Será “deformación matritense” por llamarlo de alguna manera, pero para mí vivir en Madrid desde siempre ha sido eso, vivir en el centro de Madrid. Salir a la calle y pasar por la Gran Vía como el que está pasando por el pasillo de su casa de habitación en habitación. Entiendo y reconozco que tienen razón los que opinan que vivir en el centro de una gran ciudad tiene bastantes inconvenientes y resulta, en muchas ocasiones, bastante incómodo. Es verdad. Pero Madrid, Madrid, lo que se dice Madrid, para mí siempre ha sido eso: bullicio, coches, atascos, cines, tiendas, las luces de neón de los anuncios, las entradas al Metro en sus esquinas. ¡Y como no! Sus cervecerías y cafeterías de toda la vida.

No voy a descubrir ahora que Madrid siempre ha tenido un algo especial. No se si un “olor” como Sevilla, pero si, un color, un pulso… al menos así lo he sentido siempre. Y así lo he disfrutado.  Hasta hace relativamente poco tiempo podía recorrer con la imaginación la acera izquierda y derecha de la Gran Vía e ir diciendo lo que había en ellas sin miedo a equivocarme. Encontrar una cara amiga en la cafetería más abarrotada y que no te preguntaran cómo querías el café, y te pusieran directamente la leche fría, o la tostada bien “pasadita” era un privilegio.

Y digo bien “era”, porque cada día reconozco menos al Madrid que siempre he sentido muy mío. Siento no participar de las delicias de esas cafeterías de puertas abiertas, en las que el café “te lo llevas puesto”, en lugar de disfrutarlo tranquilamente sentado frente a un amigo. Siento encontrar más encanto en escuchar las mil y una manera diferentes de pedir un café en Madrid, que recogió el recordado Luís Carandell: café sólo, cortado, con leche, con leche corto de café, en vaso… y podría seguir y seguir, que descifrar qué sorpresa encierran un montón de nombres exóticos.

Así, he recorrido estos días mi barrio con ojos de paseante y me he dado cuenta de que poco a poco esta siendo una zona más de una ciudad más de un mundo dónde en lugar de buscar el encanto de las diferencias, se promueve el uniformismo del mundo de las franquicias.  Es igual estar en Madrid, Los Ángeles, Londres o París. Siempre vamos a pedir una “…” Maxi, con Bacon y doble de queso…Con la aventura que suponía pedir al azar y esperar descubrir que había detrás de ese nombre que nos parecía tremendamente sugerente.

Y hoy, casi casi con la lágrima puesta, me he tenido que conformar con mirar fijamente un móvil 3G, con cámara de 3 mega píxeles, videoconferencia y bluetooth, mientras recordaba los bocadillos de calamares que no hace mucho me decían, chorreantes de grasilla “cómeme, cómeme”, tras el mismo cristal.

Madrid, cualquier día…

 

 
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Publicado por en 10 mayo, 2008 en Textos en Prosa

 

Cómplices en Luna (Publicado en Alenarte)

Recupero este texto publicado en Alenarte (hoy Alenarte Revista) hace unos meses.  Me gusta mucho y quería también tenerlo en mi blog.

 Cómplices en Luna

    luna-alenarte.jpg

Al mirarle me pareció ver en él algo especial. No había ningún rasgo que me extrañase o que le hiciera parecer diferente, pero lo cierto es que no es habitual que el conductor del autobús de refuerzo de una línea regular te sonría como le lo hizo al cortar la esquina de mi billete. Era una sonrisa casi casi cómplice, tanto es así que miré alrededor, pensando que era a algún amigo a quien sonreía. No vi a nadie mas que a mí, así que sonreí yo también pensando que aquel conductor era, al menos, poco común.

Había tenido suerte y me tocó una de esas plazas que, además de estar al lado de la ventanilla, tenía justo delante una pantalla de televisión y un reposapapeles que me dejaba soltar el montón de revistas que llevaba. El autobús iba de bote en bote, era fiesta, final de un puente de esos que a veces nos alegran el mes con sólo mirar el calendario. Nada más salir de la estación de autobuses, la pantalla que tenía delante se iluminó por unos segundos. Fue una falsa alarma y me puse a leer cotilleos y recetas de esas sanísimas que siempre pensamos hacer pero que casi nunca hacemos. Seguí leyendo, mirando el paisaje y oyendo trocitos de conversaciones entrecortadas de los pasajeros a mi alrededor. Me enteré de que a la chica rubia de dos asientos por delante se le había olvidado comprarse unos pantys para la boda y le pedía a la que, parecía su hermana mayor, que se los tuviera para cuando llegara. También pude comprobar como en eso de ligar y hacerse el interesante, por mucho que pasen años y años, todos hacemos o decimos, las mismas tonterías.

Fue pasando la tarde y al parecer al conductor se le había olvidado ponernos la película. O quizá no…

Observé que, de vez cuando, los ojos del conductor miraban hacía el fondo del autobús como buscando algo o alguien. Subíamos un pequeño puerto y cada revuelta sus ojos se clavaban en el retrovisor con la misma mirada calida y expectante. Una de esas miradas se convirtió en una amplia sonrisa que me hizo volver la cabeza con curiosidad. Al mismo tiempo noté como el autobús aminoraba la marcha y una claridad intensa iluminó el interior del autobús. No lo dudé. Entendí la complicidad de su primera mirada.

No se si alguno de ustedes, ha tenido oportunidad de mirar la Luna a través de un Telescopio. Yo he podido hacerlo hace poco en varias ocasiones y les aseguro que es algo muy especial. Desde el primer día que pude comprobar que La luna tiene mil recovecos que parece que puedes esconderte en ellos, y que los ves ahí, como si pudieras bucear en ellos, desde ese día, les decía, cuando miro a la Luna la siento mucho más mía. Y, no se a ustedes, pero muchas veces me produce una cierta melancolía mirarla. Está ahí y a veces no la vemos. Siempre dependiendo de que el Sol la ilumine o no, siempre esperando crecer para volver a empequeñecer y así un día y otro día.

El cielo se había vuelto morado y azul y la luna en un finísimo cuarto creciente parecía jugar con los pasajeros del autobús que, casi sin que me diera cuenta habían apagado las pequeñas luces de encima de sus cabezas. No se oía ni una palabra, ni un mínimo sonido. Miré a mí alrededor y 20 o 30 cabezas se balanceaban siguiendo aquel hilo de luz. Agradecí el atasco que nos permitía no perdernos el viaje hacía la nada de la luna. En un adiós lento… lento… El silencio a mi alrededor era de un profundo respeto. La luna se había vuelto de un precioso color dorado tan luminoso que casi tenías apartar los ojos de ella. De su borde inferior, una línea rojiza cayó lentamente humedeciendo la noche.

 

 
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Publicado por en 25 febrero, 2008 en Textos en Prosa

 

La Casa Encantada

Dejo aquí este texto que escribí hace ya bastante tiempo y que en su día dediqué a Alena después de estar un tiempito sin escribir demasiado. Me apetecía mucho ponerlo aquí y volver a dedicarselo. 

Para Alena

LA CASA ENCANTADA

Sentada en el salón, abrazada a una manta, saboreo esta mañana de gripe oportuna en fin de semana. Paseo la mirada por mis viejos muebles y mis cosas de siempre, sobrevivientes mudos y un poco gastados de varias mudanzas. Quizá por que ellos no están acostumbrados a verme a estas horas en casa, no se dan cuenta de seguir aparentando ser “sólo muebles y cosas” y se muestran como cuando nadie les ve, dejando salir de su disfraz de madera la vida que, quizá un adelantado aprendiz de “Gepeto”, les dejó escondida entre sus tablas. Les observo de reojo por encima de mis gafas mientras escribo quieta, muy quieta para no molestarles, para no romper el misterio y dejar que sigan llenando de vivencias y amores un espacio que ya es más de ellos que mío.

A mí alrededor cada cosa que miro parece decirme que está ahí, por qué debe estar ahí. Que ése es su lugar. Que nada sería igual, que todo cambiaría si no estuviera. Me dicen que esa planta es amiga de aquella foto. Y que no es por azar que caiga suavemente sobre ella, sino que, consciente, arropa con sus hojas esa carita que le dice cada día bajito: “crece”.

En silencio, escucho a mis plumas en el secreter…,

entre ellas se dicen, nerviosas: “va a elegirme a mí”.

Me hablan sus formas: unas sobrias, románticas otras,

esperan pacientes que alguna coincida con mi estado de animo,

con mi ir y venir por la vida como auténtica loca:

reviviendo añoranzas, renovando deseos,

esperando emociones que si no hay…: invento.

En su interior encierran “azules”,”violetas”,”cristales”,”burbujas”

y ¿quién sabe?, puede que algún día

encuentre en su cuerpo más de mil boleros.

Miro los libros, tan juntos, tan quietos.

Uno sobre otro por falta de sitio.

Anudando crímenes y amores…, asesinos abrazando poetas.

¿Se habrán hecho ya amigos Bradbury y Neruda?

¿Qué le habrá contado Conan Doyle a Bocaccio?

¿A quién habrá amado una y otra vez Justine esta noche?

Y mirando veo entre las sillas, esas que un buen día, loca de mí, tapicé de blanco como las de aquella revista, una que luce orgullosa una mancha rebelde. Le cayó en Navidad mientras todos reíamos y desde su sitio, presidiendo la mesa, se resiste a cualquier quitamanchas. Es como si nos dijera: “Aquí se sentó por primera vez la pequeña de la casa: este es su sitio, soy suya para siempre”.

Y aquí sigo quieta y callada: que nada interrumpa la magia, que nadie descubra la “vida secreta” de esta y otras casas.

 
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Publicado por en 9 febrero, 2008 en Textos en Prosa

 

Tiempo de compartir

A Gerardo

Me ha sorprendido como sorprende lo inesperable.

No entendía lo que me decía a través de mi teléfono móvil la voz resignada de un amigo común. Creo que nunca una voz me había transmitido tanta tristeza.

Era una voz que me decía que ya no se podía recuperar ese tiempo de querer compartir. Ya no. El futuro que pensaba en relación con él, había desaparecido sin haber llegado a ser.

No tenía demasiada relación. No más que la que habitualmente se tiene con un vecino de ya algunos años en la casa y poco más. Cuando coincidíamos, siempre resultaba tan agradable que me quedaba pensando lo mucho que me gustaría tratar de acercarme más. Nunca lo hice. Habitualmente era una coincidencia lo que hacía que nos viéramos de vez en cuando y siempre era un rato que se me hacía corto charlando de cualquier cosa pero nunca resultaba un rato superficial.

Nunca he sentido la importancia del presente con tanta claridad. Sólo hoy puedo hacer lo que haga hoy.

Su desaparición ha sido un baño de realidad. La certeza de que ya no hay marcha atrás ni más oportunidades. Por eso, si trato de aprender, en general, esta semana me he repetido hasta la saciedad que nunca, voy a volver a anteponer algunos convencionalismos sociales a la relación natural, espontánea y cálida.

Prometo irrumpir en la vida de otros sin miedo al rechazo. Prometo perder parte del pudor y decir “te quiero” a muchos más que a hijos, padres, amigos o amantes.

Prometo no olvidar que mañana ya nunca será hoy.

 
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Publicado por en 30 enero, 2008 en Textos en Prosa

 

Vivir en el cuento

Vivir en el cuento (Publicado en Alenarte)

Para  Guille

Su “¡No, mamá! Hasta mañana”, me dejó claro que se había hecho mayor.

Aún me quedé unos minutos tras la puerta, por si acaso me llamaba, como sucedía en otras ocasiones…

“Hasta mañana, mami”.

“Hasta mañana, enano, duérmete ya”

“Mami… ¿y si me cuentas otra vez nuestro cuento?”

Recordé su cara de sorpresa, de temor en algún momento. Recordé como, en algunas ocasiones, me corregía el relato si, por alguna razón le parecía que iba a decir algo triste y, sobre la marcha, cambiaba mi primera idea para acomodar la historia a lo que el esperaba. “Nuestro cuento” era, casi siempre, una historia normal, un pedazo de la vida de cada día, pero eran ese tipo de cuentos los que más le gustaban. Abría los ojos y permanecía callado mientras yo iba deslizando ideas o sentimientos que, pensaba, le ayudarían en un futuro.

Al principio, como, supongo todas las madres alguna vez, le intenté contar cuentos fantásticos de esos en los que los príncipes y princesas viven en un mundo completamente irreal que, me di cuenta enseguida, a él no parecía que le transmitieran nada de la magia que pretenden transmitir. Lo más probable es que a ciertas edades, la magia sea su propia vida  y lo que de verdad les impresiona es que les hablemos de la realidad. De ese mundo de mayores, desconocido e inquietante.

Eso lo he aprendido después.

Igual que he aprendido con el tiempo, que el paso de los años y nuestras necesidades emotivas, nuestra evolución en suma, gira, se repite y vuelve a girar, y de pronto necesitamos sentirnos príncipes o princesas, o niños o adultos, o felices si no lo somos, o libres de elegir. Y volvemos a querer escuchar historias y cuentos con el corazón abierto, como si durante el tiempo que dura ese cuento, esa historia, esa leyenda, todo se parase y la magia cayera sobre nosotros inundándolo todo.

He tenido el privilegio de contar cuentos después de muchos años a personas de diferentes edades, adultos todos ellos, y he oído de otros historias de ficción que han conseguido en tan sólo unos minutos conmover a grupos de desconocidos, sin quizá nada o casi nada en común más que la necesidad de sentir que la vida es, al menos durante unos minutos, como cada uno desea. No hay mejor cuento que aquel que deseamos oír, y de alguna manera nos contamos a nosotros mismos, aunque para darnos cuenta, tengamos que oírlo en boca de otros.

 
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Publicado por en 26 enero, 2008 en Textos en Prosa

 

HACIA EL MAR

Siempre supe que amaba con cada minuto, con cada retazo de vida que sentía posarse en su mirada. Amaba aquello que veíaen esa pequeña película viviente que el autobús iba dejando atrás. Ventanas color frutilla. Ventanas cálidas que le hacían anhelar la amistad de quien imaginaba.

A veces, la sensación de amar era tan fuerte que sus ojos no podían evitar llenarse de pequeñas arrugas, su mirada se volvía envolvente, rodeando su propio mundo y un conocido vacío aparecía en forma de lágrimas… lágrimas que nunca llegó a definir.

Supe más que nadie de su fuerza a pesar de su aparente debilidad. En varias ocasiones había comprobado cómo su ternura le había hecho parecer vulnerable. Sus ganas de ser feliz se entendían como inseguridad. Creo que nunca se cuidó demasiado. Hoy aún, imagino sus días, intentando “saber”, “conocer”, “reunir”, “cuidar” y sin haber aprendido demasiado a conocerse o amarse.

Aprendí a su lado que lo mejor era saber que se seguía amando, daba igual si era niño, ratón, cortina de seda o tierra reseca bajo tus pies. Amó, lo se bien, lo desconocido y lo cercano, lo inventado y lo vivido. Me explicabaaquellaspequeñas cosas con unos ojos tan ilusionados que al final vivía su día a díacomo la aventura de la que cualquierahubiera querido ser protagonista. Sin embargo sabía bien que sus sueños eran sólo sueños, aunque siempre vivió su realidad como el más maravilloso de cuantos recreó.

He sabido que año tras año, ha intentado seguir esa sutil línea que, de formainconsciente, ha ido trazando su camino entrelazando risas con sorpresas y abrazos de esperanza. Imagino que quizá el mar arrope su último deseo mientras la arena caldea su cuerpo y el agua fría, una vez más, enmascara sus lágrimas…

 
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Publicado por en 15 enero, 2008 en Textos en Prosa