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Archivo de la categoría: Textos en Prosa

Nos acogió la noche

Incluyo aquí este texto que envié a la revista Alenarte. Me gusta mucho recordar esa noche especial, así que he querido incluirlo entre mis textos favoritos.

Nos acogió la noche…

Y nos sentimos como parte del Universo. Era mi primera vez y me sentía un tanto extraña entre aquellos locos que llamaban a las estrellas por sus nombres y hablaban de ellas como de viejos amigos.

Compramos algunas chucherías, yo llevé un termo con café y pusimos rumbo a no se donde. Llevaba tiempo oyéndoles decir que iban “a ver estrellas” y que tenía que apuntarme algún día. Yo no tenía ni idea de como era eso, de adonde irían, pero me atraía enormemente, por lo que tenía de novedad.

Todos eran habituales de esas visitas así que intenté oírles y verles con los ojos y oídos abiertos y el ánimo cada vez más expectante.

Era una explanada inmensa. Extendimos la manta y nos tumbamos en ella en aquella nada obscura y fría. Era octubre y las una de la madrugada. Callados, quietos, con la mirada en aquél cielo que nos miraba como mira un padre a los hijos cuando duermen. Los primeros momentos son intentar abarcar aquel espacio infinito. Poco a poco vas delimitando tu campo visual, acotando, hasta que de repente notas que la ves, que ese ella, y que ella es la que te está observando a ti. Y se acerca y una nitidez azulada hace que la veas separada de todas las demás como si de pronto sólo existiera ella y es como si le dijeras: “eres tu a quien miro, y lo entendiera”.

El frío había empezaba a hacer mella y nos pusimos a montar los telescopios. Me parecieron enormes y muy muy pesados. Al final de la noche, me parecerían etéreos como los sueños. Para mí, principiante total, me resultó muy difícil mirar por aquel pequeño espacio y tardé bastante en aprender a hacerlo. Hay que enfocar, primero un ojo, luego el otro, girar, ajustar el movimiento al de las estrellas. Es increíble lo rápido que se desplazan. En un momento dejas de ver lo que acabas de ver y ya tienes que corregir el enfoque. Toda una ciencia.

Aprendí nombres, a distinguir grupos de estrellas que forman figuras que por mucho que te esfuerzas, al principio no ves, hasta que, sin saber porqué las encuentras ahí justo en lo alto. Cuando eso pasa, cuando ellas son las que te miran, ya es para siempre. He mirado el Cielo después sin intención de mirar nada concreto y te das cuenta que es casi como reencontrar un amigo. Está ahí rodeada e otras muchas estrellas, pero ella, esa que viste ese día y te conquistó, está ahí como si fuera la única.

Pasamos horas en aquel lugar, olvidamos el frío, me enamoré de Orión, me di cuenta no de lo pequeña, sino de lo grande que me sentía porque en realidad, formaba parte de un Universo infinito. Prometí volver.

Y nos acogió la noche…

Noviembre 2007

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Publicado por en 31 diciembre, 2007 en Textos en Prosa

 

Quizá otro año

 Acabo de darme cuenta de que este texto cumple hoy, 26 de diciembre de 2007, 5 años. Fué un trabajo que se propuso en el Foro Sensibilidades. Se trataba de escribir un texto sin definir si era hombre o mujer el protagonista o de quien se hablara. Resulto interesante y le tengo especial cariño.

RETO DE ÁNGELES // QUIZÁ OTRO AÑO

Aquella mañana el andén estaba más vacío que de costumbre. Poca gente trabaja el 26 de diciembre. Los ladrillos blancos de sus pasillos le hacían parecer un antiguo hospital de guerra. En el silencio, aquellos pasos retumbaban agregando al ambiente un punto de angustia.

Después de un corto trayecto en la camioneta y varios transbordos llegue al andén. Hoy, el tiempo de espera entre los trenes era mayor y tuve tiempo de mirar a mi alrededor sin tener que abrirme paso entre la gente adormilada.

Los trenes eran de cercanías, mitad metro mitad tren, de esos que llevan al extrarradio de las grandes ciudades.

Anduve despacio, adelantándome por las vías un poco más de lo habitual. Me paré a curiosear un tren de aspecto diferente. Estaba parado en lo que parecía una vía muerta. En su exterior ponía algo parecido a “Grandes Expresos…” Sus puertas abiertas eran una provocación. En su interior parecía haberse detenido el tiempo.

Se veían pequeñas mesas con lamparillas encendidas. Sentadas ante ellas había hombres vestidos elegantemente y mujeres bien arregladas, ninguno de ellos parecía mostrar el cansancio propio de esas horas de la mañana. Parecían felices, sonreían y hablaban animadamente. Las luces esparcían un color rojizo que todavía hacía más acogedor el interior del vagón.

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Publicado por en 27 diciembre, 2007 en Textos en Prosa

 

Recuerdos

Este fué mi primer texto de la época en la que me puese a escribir de forma regular. Lo escribí como colaboración, la primera, para el Foro Sensibilidades, en el que luego participé durante algunos años. Actualmente no está activo, pero de esa época tengo preciosos recuerdos y grandes amigos. Mi agradecimiento a él, aunque ya no exista por haberme animado en la escritura.

DE LAS PALABRAS (1 – RECUERDOS)

Paseando Madrid he conocido la memoria de sus calles. Siempre he pensado que lo único perdurable son los recuerdos…, la memoria que nos permite tener esos recuerdos.

Paseando Madrid la otra mañana, he sentido una vez más la memoria de sus calles.

Las hay insensibles, poco acogedoras. Calles donde nadie ha pecado, ni sonreído, ni gritado por ellas. Ni un solo borracho ha paseado su miseria, nadie ha comprado churros un domingo, ni se han despedido en sus portales los 15 años de la niña bien con su novio, el de gafitas, el serio de la clase…, en ellas, en esas calles, no ha dejada huella ni la bata de “boatiné” de la vecina cotilla que pasa el día en la ventana.

En esas calles, siempre hace frío, inconscientemente las evitas, si es necesario das un rodeo, por allí no pasas. Las miras y no te responden…, nadie las ha mirado nunca y nunca te mirarán como a un amigo.

Y he comprendido, mirando esas calles, que son como nosotros, que nada somos sin recuerdos y solo existimos si somos el recuerdo de alguien.

17 de julio de 2002

 
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Publicado por en 24 noviembre, 2007 en Textos en Prosa

 

Miedo

Van y vienen. Entre pasillos, túneles y pasos elevados, se mueven a diario como autómatas, como extras de una película de anticipación. Mantienen un ritmo acelerado. Callados, la mirada fija en el vacío y un gesto agrio en su boca.

Filas y filas inconscientes reflejo de su propia nada.

Ninguno se sale de la norma, ninguno sonríe, ninguno se atreve…, ninguno parece querer ser diferente. Todos aceptan el entorno sin ni siquiera reparar en él.

Se abren las puertas y, sobresaltando la mañana, una niña de apenas tres años, con su mirada recién estrenada, rompe aquél espacio/tiempo de molicie eterna:

Mamá: no quiero entrar…

Tengo miedo

Y así, sin ella saberlo, resumió en su grito la angustia y frustración de tanto adulto impasible.

18 de diciembre de 2002

 
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Publicado por en 24 noviembre, 2007 en Textos en Prosa

 

Los diferentes idiomas del cariño

Miró con aquellos ojos que abrían puertas y aventaban cenizas. No hizo falta hablar. Levantó la cabeza suavemente y descubrí que el silencio de unos ojos emite sonidos imprevistos que sólo entiende el corazón. Y cerré las ventanas y mis brazos para que aquel sonido permaneciera para siempre.

Y se quedó allí, impregnando mis ropas y mi piel.

Deslizó su mano firme…, suave, mitad contención, mitad deseo… Dejando libre el cariño dibujado en cada línea de sus dedos. Recorrió mi brazo y mi esperanza. Y la mañana, se llenó de olor a limón, a menta y regaliz.

Y se quedó allí impregnando mis ropas y mi piel.

Sonó como suena el viento en el verano: libre, fuerte, cálida. Sonrió con él la tarde y el camino, el banco y cada árbol. Brilló como nunca aquél punto rojo, y un abrazo de azules envolvió aquella risa.

Y se quedó allí impregnando mis ropas y mi piel.

22 de septiembre de 2003


 
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Publicado por en 11 noviembre, 2007 en Textos en Prosa

 

Regalo de Reyes

Todo empezó en aquella bañera. Ella fue testigo y protagonista de muchas de mis horas. Han pasado varios años y todavía no sé a qué era debido pero bajo aquel agua caliente, con olor a jazmín, entre espumas de ese mar inventado, he vivido grandes momentos. Incluso era allí donde tenía mis mejores ideas que luego serían poemas o cuentos que me permitían expresar lo que a veces no podía hacer de otro modo.

Aquel día estaba disfrutando del placer que da pensar que no tienes nada que hacer más que dejarte llevar. Una vez más, había colocado a los pies, encima de un pequeño saliente, todos mis tesoros: sales, aceites, cremas… El agua era de color verdeazulado y, al tocarla, se notaba una suavidad especial. Antes de entrar en aquel líquido caliente y oloroso, había decidido pintarme los ojos, los labios y recoger mi pelo en un moño medio deshecho. Colgado en una percha estaba un camisón. El camisón más sexy que tenía. No era nada especial, pero su tela de melocotón se confundía con la piel cuando él me acariciaba. Era una tela blanda, que parecía no querer despegarse de la piel hasta que llegaba el momento de caer de forma lenta, lenta…

Ahí estaba, mitad niña, mitad mujer fatal con aquel rojo de labios. Recliné la cabeza suavemente sobre el borde de la bañera. Recordaba las veces que habíamos compartido ese pequeño espacio con risas y juegos. Yo te pedía que enjabonaras mi espalda y mi pelo. Después me aclarabas con la ducha muy pegadita a mi cabeza. Se sentía ese cosquilleo especial que siempre te pedía alargases por la espalda. Al final, el suelo del baño acababa empapado. Era un espacio demasiado pequeño para nuestros deseos.

El agua se había vuelto muy suave. La espuma había desaparecido y mi piel tenía un brillo especial. Entre los pies note el pequeño frasco de aceite. Todo estaba sobre mi cuerpo y tocarme me producía una extraña y agradable sensación. Pensé lo que te gustaría verme ahora.

Era el día de Reyes, no te había regalado nada. Extendí aquél aceite sobre cada centímetro de piel. Dejé caer el camisón sobre mí, la humedad le pego suavemente a mi carne. Busqué las cintas de los regalos de Reyes por la casa. Poco a poco me envolví con ellas. Las pasé suavemente alrededor de mi cintura, rodee mis hombros, baje por mi pecho, llegué hasta las caderas, los pies y até suavemente las cintas al borde de la cama. Por fin rodee mis muñecas con una preciosa cinta azul que rematé con un lazo. Sólo tendrías que tirar suavemente de ella.

Esperé…, mereció la pena.

13 de enero de 2003

 
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Publicado por en 11 noviembre, 2007 en Textos en Prosa